sábado, 28 de septiembre de 2019

Fray Félix y la circular de Sagasta sobre cementerios.


El 15 de noviembre de 1870, los presbiterianos de Cádiz —a cuyo frente estaba el pastor Abraham Ben Ollier— solicitaron al Ayuntamiento una zona segregada del cementerio municipal o un cementerio de nueva planta. El Obispado solo intervino en la cuestión, al principio de forma moderada, meses después, cuando el gobernador eclesiástico supo el 2 de marzo de 1871 que un protestante había sido enterrado en el cementerio municipal. 

ABRAHAM BEN OLLIER

Pero la publicación de la circular del ministro de Gracia y Justicia, Práxedes Mateo Sagasta de 16 de julio de 1871, obligando a los Municipios a habilitar lugares dentro de los cementerios municipales para enterrar a aquellos que no hubiesen profesado la religión católica,  provocaría las reticencias de la autoridad municipal y, sobre todo, una reacción airada de fray Félix, el obispo de Cádiz. 

SAGASTA

          La coalición municipal del unionista Juan  Valverde y el progresista José María del Toro, que dirigieron sucesivamente el Ayuntamiento gaditano por estas fechas,  siempre trató de mantener un equilibrio entre el respeto a la normativa secularizadora surgida de los distintos Gabinetes y las buenas relaciones con el Obispado. En esto pudo influir el hecho de que la orientación política del Consistorio era menos avanzada que la de buena parte de los Gobiernos con los que coincidió temporalmente. Basta recordar que el Ayuntamiento gaditano tenía un número significativo de unionistas antidinásticos —es decir, contrarios al rey don Amadeo— y un exigua minoría de progresistas avanzados, no contando con ningún miembro del partido Demócrata. Estas diferencias ideológicas pueden explicar por qué las relaciones del Municipio de Cádiz con el Obispado eran mejores a las que mantuvo este último con los diferentes Gobiernos del reinado de Amadeo I.

El 23 de agosto de 1871 el obispo gaditano se unió al arzobispo y demás sufragáneos de la Archidiócesis de Sevilla en una protesta al ministro de Gracia y Justicia, pidiéndole que la real orden y circular de 16 de julio sobre uso de los cementerios municipales fuese revocada[1]. Los prelados se quejaban, entre otras cosas, de no haber recibido una comunicación oficial de los gobernadores civiles acerca de la circular. Desde el punto de vista del arzobispo y obispos de la provincia eclesiástica de Sevilla, la disposición vulneraba el derecho de propiedad de la Iglesia católica; pero esto no era cierto en todos los casos, ni mucho menos: Algunos cementerios municipales eran propiedad de la Iglesia; sin embargo, otros muchos, como el de Cádiz, pertenecían a los respectivos Municipios. En todo caso, la reclamación puntualizaba que los cementerios no pertenecían “al comercio de los hombres” porque eran lugares bendecidos y por tanto destinados solo para enterrar a los católicos. Esto es: aunque la propiedad de los cementerios fuese municipal, esto no cambiaba su consagración como católicos.


FRAY FÉLIX, OBISPO DE CÁDIZ

Para reforzar esta afirmación, los reclamantes acudían a la ley de 29 de abril de 1855, que ordenaba que, en las localidades donde fuese necesario, se construyeran cementerios para enterrar a los que murieran fuera de la religión católica, y a la real orden de 18 de marzo de 1861, que declaraba el derecho de propiedad y la jurisdicción de la Iglesia sobre los cementerios católicos. Pero parecían olvidarse de loo dispuesto en la posterior la ley municipal de 21 de octubre de 1868, que daba plena potestad a los Ayuntamientos sobre la administración y conservación de los cementerios. Ciertamente, la circular de Sagasta ordenaba que los entierros de los que no eran católicos se realizaran dentro de los cementerios católicos y no que se construyeran nuevos cementerios independientes, como determinaba la real orden de 1855. Pero es obvio que una real orden dada en 1871, seguida por una circular para hacerla efectiva, podía modificar otra anterior. Por eso, los prelados defendían que la nueva disposición se aprobaba “contraviniendo lo que los sagrados cánones tienen establecido”, tratando con ello de hacer prevalecer las leyes eclesiásticas sobre las civiles.

Por otra parte, los prelados creían que la real orden que se acababa de promulgar contradecía “la letra y el espíritu de la ley fundamental por la que hoy se rige la Nación”. No tenían dificultad en esta ocasión de acudir a la norma constitucional que se habían negado a jurar, para tratar de conseguir que el Gobierno rectificase, apoyándose en la libertad religiosa y en el sufragio universal. En la circular se afirmaba que su pretensión era llevar a la práctica el privilegio consignado en el artículo veintiuno de la Constitución, por el que se garantizaba a todo ciudadano el libre ejercicio de su religión, pero los obispos opinaban que el entierro de los que no eran católicos en sus cementerios conculcaba la libertad religiosa de los católicos y entendían que la real orden en la que se apoyaba la circular de Sagasta lo que hacía era “secularizar los cementerios católicos sin esperar a que las Cortes lo decreten”. Si la soberanía residía fundamentalmente en la Nación —expresaban los prelados—, el ministro debía “haber estado inspirado por ella al redactar la circular, y haber atendido a la voluntad del mayor número, según la doctrina de los autores de la ley fundamental”.

El 25 de julio de 1871 —poco después de la promulgación de la circular de Sagasta—, Ruiz Zorrilla, recién designado para suceder a Serrano como  presidente del Consejo de ministros, había asegurado en las Cortes que no deseaba herir los sentimientos de un pueblo eminentemente católico como el español. Era injusto, en su opinión, afirmar que los Gobiernos liberales deseaban “estar en malas relaciones con el clero y mucho menos tenerlas interrumpidas con la corte Romana”. El arzobispo de Sevilla y sus sufragáneos, decían en su reclamación que para dar crédito a esas afirmaciones, necesitaban que el Gobierno prohibiera “con leyes severísimas las inhumaciones de sus cementerios de cadáveres de sujetos muertos fuera de su religión”. La inmensa mayoría de los ciudadanos de sus Diócesis se resistía a que se enterrasen en los cementerios municipales los cadáveres de “sujetos muertos siendo enemigos declarados de su religión o cuando menos profesando otras creencias”. Eran numerosos, según afirmaban, los ejemplos recientes que se podían citar de intentos de hacerlo desde antes de la circular de 16 de julio, que habían provocado la indignación de los católicos, cuyas familias se negaban a inhumar sus cadáveres en el mismo lugar que los sectarios si no eran desenterrados estos, lo cual, según los prelados, no constituía  una “conducta de intolerante superstición”, sino, por el contrario “una actitud digna y justa”.

Todos los Gobiernos de Europa —decían el arzobispo y sufragáneos de Sevilla—, estaban alarmados por el “incremento y rapidez con que se difunden ciertas ideas (...) que necesariamente causarían el exterminio de la sociedad”. Los prelados, defendían que su sagrado ministerio no les eximía, sino arraigaba “un profundo amor a la patria y a la humanidad entera”, pues eran “los primeros en participar”  en las cuestiones que afectaban a la sociedad. Por ello, estudiaban “el origen, el desarrollo, los medios y los fines de tan deletéreas doctrinas”, resultando de sus investigaciones que dichas doctrinas nacieron en los pueblos paganos”, y que no se podían “aclimatar y prosperar sino en los que se alejan del conocimiento y servicio del verdadero Dios”.

El Gobierno, llevado por su alta misión, tenía “no solamente interés, sino obligación de evitar a nuestra querida patria el cataclismo que la amaga”. Era preciso que “una verdadera protección a la Iglesia” fuera “la primera y fundamental medida” y el éxito de este intento era indudable, dado que el pueblo español era eminentemente católico. Todo lo que no fuera eso, podría “contener por algún tiempo el progreso de la gangrena”, pero no podría “extirpar el cáncer que corroe el corazón de la sociedad”. Para que esa protección se llevase a efecto era necesaria la aplicación de una “verdadera libertad”, que consistía en la facultad de obrar con sujeción a las leyes que, siendo canónicas o civiles, declaraban “la santidad, inviolabilidad y propiedad de la Iglesia en sus cementerios”.

Como se puede ver, la posición de los prelados firmantes, y con ella la de fray Félix, era inamovible. Exigían el cumplimiento de leyes pasadas cuando protegían los intereses de la Iglesia, con el mismo interés con el que denostaban las que no los beneficiaban. Era cierto que buena parte de los cementerios municipales era propiedad de las respectivas Diócesis, pero no admitían que otra parte no lo era. Atacaban al liberalismo, como doctrina peligrosa que causaría la destrucción de la sociedad y solo reconocían una libertad “verdadera”, consistente en obrar según las leyes que protegían a la Iglesia católica.

Pero es indudable que llevaban razón cuando afirmaban que todos los cementerios municipales estaban consagrados como católicos. Muchos Ayuntamientos habían incumplido la ley de 1855 que les obligaban a construir cementerios en los que enterrar dignamente a los que no eran católicos, entre ellos el de Cádiz. Si lo hubieran hecho, tal vez no se habría llegado a la situación actual. Las reclamaciones de los protestantes gaditanos tras la promulgación de la Constitución, relativas a la cuestión del uso de los cementerios, así como  las resistencias municipales que se han observado en el caso de Cádiz, no eran una excepción, pues se estaban produciendo en otras localidades, y cada vez con mayor frecuencia. Esto había obligado al Gobierno a tomar una medida “provisional”, que chocaba frontalmente con los sentimientos religiosos de la mayor parte de los católicos. El Ayuntamiento gaditano coincidía en cierto modo con las apreciaciones del arzobispo y sufragáneos de Sevilla sobre la circular de 16 de julio, pues, aunque había habilitado un lugar para enterrar a todos lo que no eran católicos, no consintió en hacerlo en el interior del cementerio municipal.
FACHADA DEL CEMENTERIO MUNICIPAL DE CÁDIZ

Después de haber enviado el escrito de protesta junto a los demás prelados de la provincia eclesiástica de Sevilla, fray Félix tomó unas medidas muy drásticas, debidas probablemente a un fuerte escrúpulo o celo  religioso que le llevaba al convencimiento de que enterrar a un protestante en cualquier cementerio católico lo contaminaba y convertía en un lugar que dejaba de ser santo. El día 11 de septiembre escribió a todos los párrocos de la Diócesis para darles instrucciones al respecto. Les adjuntaba copia de la protesta al ministro de Gracia y Justicia  contra la circular de 16 de julio, que, según aclaraba fray Félix, prevenía “la formación de una cerca o separación dentro de los muros del terreno bendito para depositar en él los restos de los judíos, moros, apóstatas, herejes, antropófagos, etc.”. El prelado ordenaba a los párrocos que leyesen la protesta a los fieles en la Misa Mayor del siguiente día festivo y por la noche del mismo día, poniendo a los asistentes al corriente de las prevenciones que se agregaban y ya habían sido tomadas por otros obispos.

Advertía que si un cementerio municipal pertenecía a la Iglesia  no se debían entregar las llaves ni hacer nada que significase conformidad con la circular. Si el cementerio era de propiedad municipal, los curas debían hacer valer “ante la autoridad local los derechos sacratísimos de la Iglesia católica”, que eran a la vez “los de sus hijos, hollados y conculcados ruda e implacablemente”, cuando se enterraba en ellos a los que no eran católicos. Añadía el obispo que se tenía más consideración con los derechos de los católicos en los países protestantes, “y aun en las costas que tenemos enfrente, que en la nación que fue católica desde los tiempos de Recaredo”. Lo que estaba sucediendo era un “ultraje a las cenizas de nuestros mayores, que se conmueven y agitan en sus sepulcros y claman ante el trono de Dios por que se abrevien los días de esta mezcla injuriosa”.

Si la autoridad municipal forzaba la ley canónica “introduciendo en el cementerio el cadáver de un sectario o pecador impenitente”, el lugar quedaba, decía, “en el acto profanado y entredicho, y cuantos toman parte en él quedan incursos en las censuras de la Iglesia”. En este caso, el cura correspondiente debía retirar “del lugar profanado las cruces e imágenes que existieran” y si hubiera capilla debía incomunicarla del cementerio. Si la capilla estaba dentro del camposanto, debía “retirar las aras de los altares, las imágenes y pinturas dejando el paraje solo con las paredes”. A partir de ese momento, no debía enterrarse a los católicos en esos “lugares profanados”, por lo que no se debía asistir con la cruz ni el clero parroquial a la conducción al cementerio, “ni aun caminar con dirección al mismo sino hasta larga distancia”. Es decir la cruz y los sacerdotes acompañarían los cadáveres de los católicos hasta una distancia del cementerio y a partir de ahí abandonarían la comitiva. La disposición del prelado gaditano llegaba tan lejos como para ordenar que, a partir de su publicación, los párrocos que estuvieran en el caso de haberse practicado entierros de no católicos en los cementerios de sus localidades, procedieran con las limosnas de los fieles o con los medios disponibles, a “formar otro cementerio en que pueda la Iglesia depositar en paz los restos de sus hijos”[2].

De haberse llevado adelante lo ordenado por fray Félix, y de haber obedecido todos los Ayuntamientos de la Diócesis la circular de Sagasta, las instrucciones del prelado habrían facilitado una secularización de los cementerios católicos propiciada, indirectamente, por los representantes de la Iglesia, al retirarse por orden suya las cruces y demás signos y no volver a entrar un sacerdote en dichos recintos. Pero, al menos en el cementerio municipal de Cádiz, no ocurrió así, pues, como se ha comprobado, ya se habían practicado entierros de protestantes y no por ello se retiró signo católico alguno a partir de las instrucciones del obispo.

La resistencia de fray Félix y sus instrucciones a los párrocos llevaron al gobernador civil a publicar una circular el Boletín Oficial de la Provincia de Cádiz, previniendo a los alcaldes que, “no obstante las prevenciones del Ilmo. Sr. obispo”, hicieran “cumplir bajo su más estrecha responsabilidad” la real orden y circular de 16 de julio. El gobernador recordaba que los cadáveres debían enterrarse dentro de los cementerios municipales, pero el Municipio gaditano se mantuvo firme con su decisión de establecer una cerca “provisional” fuera de su  cementerio.

Los católicos gaditanos más favorables a las ideas de fray Félix apoyaron desde la prensa conservadora sus instrucciones sobre el enterramiento de no católicos en los cementerios municipales, compartiendo su opinión de que esta circunstancia obligaba a retirar de ellos los signos de la religión católica e impedía el entierro de sus fieles, al quedar estos lugares en profanados. El Comercio defendía que, independientemente de la propiedad de los cementerios, la autoridad exclusiva en materia de entierros católicos era el obispo. Si este había consignado que los cementerios dejaban de tener carácter sagrado desde el momento en que se enterrase un sectario o enemigo de la Iglesia católica,  era una decisión que no se podía discutir. De esa manera, la circular del día 16 de julio hacía que los católicos se vieran obligados, según el periódico, a ser enterrados “como se entierra un perro”[3], apreciación que nunca hizo sobre los protestantes que se enterraban en la playa.

 En Cádiz, a pesar de haberse inhumado algunos protestantes por imposición del juez de Santa Cruz, no se cumplieron las instrucciones del obispo. Ya se ha dicho que no se retiraron los signos de la religión católica; tampoco se dejó de enterrar a sus fieles. Como las inhumaciones de protestantes habían tenido lugar antes de la circular de Sagasta, y desde abril de 1871 el alcalde Valverde había habilitado un lugar “provisional” para herejes y ateos fuera del cementerio municipal, parece que la autoridad eclesiástica no se dio por enterada de que el cementerio había sido “profanado”.





[1]  Inserta en El Comercio, núms. 9978 y 9979, 20 y 21 de septiembre de 1871.
[2]  Publicado en El Comercio, núm. 9977, 19 de septiembre de 1871.
[3]  Ibídem, núm. 9988, 30 de septiembre de 1871.


VÉASE MI ARTÍCULO (PDF):
http://e-spacio.uned.es/fez/eserv/bibliuned:ETFSerieV-2012-24-6065/Documento.pdf

viernes, 16 de noviembre de 2018

CONFERENCIA IMPARTIDA EN EL "AULARIO LA BOMBA" (Cádiz) el día 14 de noviembre de 2018

Titulo: SOCIEDAD Y MILICIA EN CÁDIZ EN 1868

Clica aquí: CONFERENCIA




Si, después de acceder, la descargas, podrás leer el texto además de ver las diapositivas.

jueves, 2 de agosto de 2018

Entrevistas inverosímiles: Quinto Fulvio Novilior, cónsul de Roma

A lo lejos se veían venir algunos bañistas, que, sin duda, trataban de convencerse —con escaso éxito—, de que estaban haciendo un ejercicio muy sano que iba a compensar con creces la multitud de excesos culinarios del verano.

No había nadie a mi alrededor, o eso me pareció; por eso me extrañó sobremanera oír de repente una voz alta y clara a mi derecha, casi pegada a mí. Giré la cabeza y solo vi la luz cegadora que lo envolvía todo. Cerré un poco los ojos y entonces lo distinguí claramente: era un tipo extraño: tan alto como desgarbado; tan huesudo como barrigudo. Tuve la sensación de que su faz desprendía una nobleza que solo se aprecia en ciertas y escasas personas; sin embargo sus mejillas y su nariz, elocuentemente rojas, me mostraban más bien a uno de aquellos beodos del inmortal Velázquez.

—Pues no lo veo…—Esas fueron sus primeras palabras; las que me sobresaltaron.
—¿A qué se refiere? —le dije, mientras me percataba de su indumentaria.
—Al templo de Hércules. Me habían asegurado que estaba ahí.
—No anda descaminado… —le indiqué— Verá: aquí hubo un templo dedicado a Hércules que fue edificado antes por los fenicios en honor a Melkart… Pero de eso hace muchos siglos. Una parte está bajo el mar y la otra debajo del edificio que ve usted ahí, en ese islote, que es una antigua fortaleza militar. 

 
CASTILLO DE SANCTI PETRI,
 SOBRE LAS RUINAS DEL TEMPLO DE HÉRCULES

—¿Cómo que muchos siglos? Hace un par de horas salí de Gades y me dijeron que no tenía pérdida…
—¿De Gades?  —Mi impresión de que estaba hablando con un loco iba cobrando fuerza—. Mira amigo: no sé de qué comparsa, coro o chirigota te habrás escapado, pero quítate ese disfraz y date un baño, que me parece que te hace buena falta.
—¡Voto a todos los dioses! ¿Quién te has creído que eres? ¡Ten cuidado que estás hablando con un censor de Roma!
—Pues tú estás hablando con un gaditano que quiere estar tranquilo y que no le den la vara —El tipo raro miró hacia uno y otro lado, dando muestras de gran irritación e impotencia.
—¿Dónde se habrán metido los hombres de mi escolta? ¡Cuando lleguen te vas a enterar! ¡A la misma Roma te voy a llevar como esclavo! ¿Eres turdetano?
—Jajaja. Al final nos lo vamos a pasar bien. ¡Venga, te voy a seguir la corriente! Pues podría decirse que sí. Vivo cerca de Gades y, aunque mis ancestros no son originarios de la Turdetania, ya me considero de estas tierras. ¿Y tú quién eres? Ya sé: censor de Roma; me refiero a tu nombre.
—Soy Quinto Fulvio Nobilior, miembro de una familia de origen plebeyo que ha conseguido llegar a lo más alto.
—Pero ¿no era ese el cónsul que luchó contra los celtiberos de Segeda y Numancia?
—Claro: ese soy yo. Es que de eso ya han pasado algunos años. Ahora soy censor.
—Así que has venido a hacer una visita al templo de Hércules…
—Bueno…, no exactamente. He venido a Gades a cerrar algunos negocios familiares. Tengo un barco esperando un buen cargamento de garum. Tampoco voy a perder la ocasión de llevarme algunas bailarinas de la ciudad a Roma. Como sabrás, la salsa que hacéis con las vísceras de algunos pescados y las bailarinas de Cádiz son de lo más apreciado en mi ciudad.
—Eso había oído. O, mejor dicho, leído.
—Bueno, dejemos esta conversación. Si no puedes decirme dónde está el templo, esta conversación huelga. No me suelo dedicar a hablar con gente de baja posición y menos con hispanos.
—Pero, Gades, según tengo entendido, es ciudad foederata de Roma y no stipendiaria. Vamos, que no ha sido conquistada y es una ciudad amiga y aliada que no paga impuestos a Roma.
—Sea lo que sea, tú eres un bárbaro hispano y, por tanto, poco de fiar. Desde mi campaña en Celtiberia no me fío de ninguno de vosotros.
—Tendrás que reconocer que fracasaste estrepitosamente y que fue por tu exclusiva responsabilidad.
—La historia me hará justicia. Estuve mal asesorado por mi lugarteniente. Y no hablemos de la ineptitud de mis legados…
—No es lo que dicen Polibio y otros historiadores de tu época.
—Mira, me importa menos que nada lo que opinen esos griegos. Yo hice mi trabajo y aquí me tienes: nada menos que censor. Cuando regresé a Roma quedó demostrado que todo se debió a la maldad y carácter traicionero de los celtíberos. ¿Y cómo es que un salvaje como tú sabes tanto de mis cosas?
—He leído todo lo que se sabe sobre tu campaña en Celtiberia. Ya sabes: lo de Segeda, tus derrotas en el río Valdano y ante las murallas de Numancia… 

BATALLA DEL RÍO VALDANO

—Lo primero fue una emboscada traicionera. Y lo segundo supongo que te refieres a lo de los elefantes. El plan era perfecto; la culpa fue de los númidas.

ELEFANTES EN NUMANCIA

—Siempre te disculpas en los demás. ¿Sabes? He escrito una novela que te pone en tu sitio. Sinceramente: eres un tipo vanidoso, inexperto, creído y pagado de sí mismo; un militar desastroso e inepto que no sab…

En ese momento, el que se decía censor de Roma levantó la mano derecha con el puño cerrado, en ademán de propinarme un fuerte puñetazo. Cerré los ojos y traté de protegerme con los brazos. No ocurrió nada: cuando abrí los ojos no había nadie.

Puedo asegurar que cualquier parecido que pudiera tener este encuentro con la realidad es pura ficción. 

MÁS INFORMACIÓN EN MI LIBRO El presagio de los buitres Mybook.to/Presagio



martes, 3 de julio de 2018

Entrevistas inverosímiles: Caciro

Hace poco que se publicó El presagio de los buitres. Como siempre que termino un libro, todo me parece inacabado e imperfecto. Ese mismo día, cuando me acosté, ya pensaba en que nada más levantarme iba a cambiar la sinopsis y en que debía repasarlo todo una vez más, porque seguro que quedarían algunas erratas indeseables.


Me puse a pensar en Caciro: «¿Habré acertado en la descripción del personaje? No me refiero al físico, sino a su carácter, su forma de pensar y su bagaje intelectual».

En eso estaba cuando, no sé cómo, me vi dentro de una casa de planta rectangular, con paredes de adobe y techo de madera. Casi no se veía nada. Hacía calor; un olor, desagradable, como de ganado mezclado con suciedad, lo inundaba todo.

Caciro, el adivino de Segeda, estaba acostado sobre un jergón repleto de lana de oveja. «Al menos, su físico es tal como lo esperaba: flaco, alto, un poco encorvado, con una nariz recta y una cabellera y barbas descuidadas y extremadamente largas: no creo que este hombre se haya cortado el pelo jamás», pensé. El tiempo parecía estar suspendido sobre la nada: no sabía qué hacía allí. De repente, el anciano se despertó sobresaltado y me miró con fijeza. En la penumbra, sus ojos se notaban claros.

—¿Quién eres? —me preguntó con voz firme.
—Mal empezamos, Caciro... Mejor no te contesto y espero a ver si lo averiguas a lo largo de nuestra charla.
—Me parece bien. Pero tú eres quién ha venido a mí, así que dime qué deseas.
—La verdad es que no lo sé. Desde luego, me gustaría hablar contigo.
—Tú dirás. Tu indumentaria y tu rostro me indican que eres un enviado de los dioses…
—No te entiendo…
—No he visto un rostro más extraño que el tuyo en todos los días de mi vida: sin barba, con el pelo increíblemente corto y con ese objeto chocante, metálico, cogido por las orejas y con dos cristales ante los ojos.
—Gafas.
—¿Qué?
—Se llaman gafas. Sirven para ver mejor.
—Ah. Es cosa de los dioses. Supongo que con eso podrás ver el futuro; o el pasado. ¿A qué has venido?
—Ya te he dicho que no lo sé. Pero, ya que estoy aquí, te diré que me intriga saber si crees que los indicios que te sirven para hacer tus adivinaciones son ciertos o simplemente engañas a tus conciudadanos. Como puedes ver, no me ando con rodeos...
—Mira, amigo, seas de donde seas y vengas de donde vengas, solo te puedo decir que me limito a seguir las técnicas que me enseñó mi abuelo. No puedo saber con seguridad si los indicios son fiables o no, pero sí te puedo asegurar que no trato de engañar a nadie. Por cierto, estoy pensando que esto debe ser un sueño premonitorio.
—Si tú lo dices… Hasta ahora no has acertado ni quién soy. Te voy a decir algo sobre mí: acabo de terminar un libro que cuenta cosas sobre ti, sobre Caro y Liteno y sobre dos cónsules de Roma que vendrán muy pronto contra vosotros.
—Eso significa que va a haber guerra…
—La habrá. Va a haber muchas muertes, pero, en un principio, saldréis del embrollo gracias a Caro.
—¡Vaya!, Se confirman mis presagios: una guerra cruel, como todas, va a caer sobre Segeda; y Caro será quien nos dé la victoria a los belos.
—Bueno, en realidad…

En ese momento me desperté. Tenía la boca seca y me levanté para beber un poco de agua. «Mañana me pongo a repasar el libro».




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miércoles, 13 de junio de 2018

El Círculo Republicano Mariana Pineda

A pesar de los avances democráticos del periodo 1868-1874, la participación de la mujer en las actividades políticas o sociales en igualdad de condiciones con el hombre fue una cuestión que no se llegó siquiera a plantear.

MARGARITA PÉREZ DE CELIS
PRESIDENTA DEL CIRCULO en 1873

No obstante, los republicanos, partiendo de la convicción de que las creencias religiosas de las madres contribuían a perpetuar el clericalismo en el hogar, creyeron necesario aumentar la educación de la mujer  para apartarla de la influencia excesiva de la Iglesia. Fernando Garrido, un conocido republicano nacido en Cartagena pero muy relacionado con Cádiz, siguiendo ese razonamiento, propugnaba la creación de clubes políticos femeninos que se dedicaran a la beneficencia o a la educación de niñas[1].

FERNANDO GARRIDO

Cádiz contó durante el Sexenio Democrático con una asociación exclusivamente femenina, de corte republicano y anticlerical: la Sociedad Republicana Federal de Mariana Pineda[2].

MARIANA PINEDA, MÁRTIR LIBERAL QUE DIO NOMBRE AL CÍRCULO REPUBLICANO FEMENINO DE CÁDIZ

Dicha asociación ya existía como club republicano al menos desde septiembre de 1869[3]. Pero fue el 18 de  diciembre de 1870 cuando se constituyó oficialmente y el gobernador civil lo comunicó a la Alcaldía[4]. Estaba presidida por la costurera y maestra Guillermina Rojas y Orgis[5] y la secretaria era Dolores López, que había organizado previamente, junto a otras gaditanas, una escuela femenina que sirvió de base para la fundación de la asociación. Después del traslado de Rojas a Madrid[6], la presidenta de la asociación fue la cigarrera y periodista Margarita Pérez de Celis[7].

Entre los artículos del reglamento de creación de la asociación, destaca el tercero: “La sociedad tiene por objeto la instrucción de la mujer, el conocimiento de sus derechos y deberes en toda su latitud y el mejoramiento de su clase, a cuyo fin se instruirá dentro de la doctrina democrática federal”. Se pretendía establecer cátedras de instrucción elemental y superior a medida que se lo fueran permitiendo los recursos de la asociación (artículo cinco) y fomentar toda clase de labores, trabajos e industrias que fueran útiles para las componentes de la asociación (artículo seis). Para ser socia sólo se necesitaba ser mayor de 12 años, ser presentada por otra socia y tener una intachable conducta. Tras el escrito de aprobación del Gobierno Civil, el 19 de diciembre de 1870 se comunicó la aprobación a la asociación.
En 1873 el Círculo Mariana Pineda tuvo una actuación destacada con ocasión del anunciado derribo del convento de agustinas calzadas de la Candelaria. El día 28 de marzo, el periódico local moderado y confesional El Comercio hacía alusión a una manifestación de hombres y mujeres contra el convento, realizada simultáneamente a su abandono, para que sirviera de contraste con el dolor de los fieles, pero obviaba la que tuvo lugar antes de la exclaustración de las monjas, el día 27, formada exclusivamente por mujeres del Círculo. A primeras horas de ese día el templo de la Candelaria se había cerrado ante el número de personas que se acercaban por sus inmediaciones. Por la mañana, las mujeres del Círculo Mariana de Pineda, acompañadas por la banda de música del hospicio provincial, desfilaron por la ciudad dando gritos de “Abajo los conventos” y cantando el “Trágala”, la canción que entonaban los liberales en Cádiz para humillar a los absolutistas desde el levantamiento de Riego. Se dirigieron al edificio municipal, donde fueron recibidas por el alcalde, Fermín Salvocheam y varios concejales. Margarita Pérez de Celis, en nombre del círculo, hizo entrega de un escrito a favor de la ejecución del acuerdo municipal, reanudando a continuación su recorrido y pasando por delante del convento dando gritos de “Abajo Candelaria”. El escrito entregado al Ayuntamiento decía:

 A los ciudadanos que componen el Ayuntamiento Popular de esta ciudad. Habiéndose presentado en el día de ayer una manifestación de un centenar de señoras aristócratas hipócritamente por la influencia de los curas, a pedir que no se haga el derribo del convento de Candelaria, que está ruinoso y denunciado; Y nosotras conociendo la dañada intención con que se han presentado dichas señoras a pedir a esa digna corporación una cosa tan injusta, indigna de una población culta, pedimos que no tan solo se derribe el convento en cuestión, sino que todos los que existen, por ser estos establecimientos de ninguna utilidad a la sociedad, a la religión y a los adelantos del siglo diecinueve; esperando lo hagan con toda rectitud por ser de justicia. Salud y República Federal Social[8]. (La negrita es mía)




[1]  HENNESY, C. A. M., La república federal en España. Pi y Margall y el movimiento republicano federal, 1868-1874, Madrid, Aguilar, 1966, p. 91.

[2]  Sobre los antecedentes relativos a la preocupación de los demócratas gaditanos, y en particular de Fermín Salvochea por la mejora de la condición  social de la mujer, vid. MARCHENA DOMÍNGUEZ, J., “Mujer e ideología en el Cádiz isabelino. Las corrientes de vanguardia”, en Trocadero. Revista de Historia Moderna y Contemporánea”, 8 y 9 (1996-7), pp. 265-76.

[3] ESPIGADO TOCINO, G., Aprender a leer y escribir en el Cádiz del Ochocientos, Cádiz, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 1996, p. 139.

[4]  Archivo Municipal de Cádiz,  Caja 493, “Asociaciones y Sociedades”. Expediente 349 de 1870. El comunicado del gobernador civil al Ayuntamiento decía: “Examinado por este Gobierno de Provincia el reglamento adjunto de la sociedad republicana federal de “Mariana Pineda”, y de conformidad con el parecer de V.S., he acordado permitir la existencia de dicha asociación”.

[5]  Sobre Guillermina Rojas, veáse: 

GLORIA ESPIGADO TOCINO, G.: 
“Experiencia e identidad de una internacionalista: trazos biográficos de Guillermina Rojas Orgis”, Arenal. Revista de historia de mujeres, 12 (2005), pp. 255-80, pp. 255-80.
“La acción política de las republicanas durante el Sexenio Democrático, pp. 3 y 5
“Mujeres “radicales”: internacionalistas y republicanas en España (1848-1874), en Ayer, 60 (2005), p. 39; 

GUTIÉRREZ NIETO, C.,  Del Pupitre. Del Magisterio. Una aproximación a la historia de la profesión y las Escuelas Normales de Cádiz, Servicio de publicaciones de la Universidad de Cádiz, 2008. pp. 107-9.

[6]  En octubre de 1871 Guillermina Rojas se había trasladado a Madrid, formando parte activa del movimiento obrero a través de una de las secciones de la Internacional, pues el 22 de este mes en un acto del Consejo Federal, participó junto a otros compañeros en defensa de las acusaciones contra la Internacional.

[7]  Margarita Pérez de Celis, una precursora del feminismo en España, fue directora de la publicación gaditana dedicada a difundir las doctrinas de Charles Fourier, El Pénsil Gaditano, luego El Nuevo Pénsil de Iberia, y redactora de La Buena Nueva. Vid. RAMÍREZ ALMAZÁN, Mª D., “Las fourieristas gaditanas y la reivindicación de los derechos de la mujer: La mujer y la sociedad de Rosa Marina”, en AA.VV. Las revolucionarias. Literatura e insumisión femenina, Sevilla, Archive Editores, 2009, pp. 513-529. JIMÉNEZ MORELL, I., La prensa femenina en España (Desde sus orígenes hasta 1868), Madrid, Ediciones de la Torre, 1992, pp. 47, 104, 106 y 116. ESPIGADO TOCINO, «Mujeres “radicales”: Utópicas, internacionalistas y republicanas en España (1848-1874)», en Ayer, 60 (2005), pp. 21-31.

[8]  Archivo Municipal de Cádiz, Caja 6677, Carpeta “Derribo del convento de la Candelaria”. El texto contiene algunas faltas de ortografía (“haviéndose”; “ipócritamente”; “seaga”, y “loagan”), que he modificado. Nótese que mientras El Comercio estimaba el número de señoras de la manifestación en pro del convento como de  “unos cientos, el escrito del Círculo Mariana Pineda solo citaba “un centenar”. El escrito del circulo iba firmado por dieciocho mujeres. La primera firmante era Margarita Pérez de Celis, y la seguían  Rosa Cabs, Dolores Reina, Teresa Riu, María Josefa Zapata (Responsable junto con Pérez de Celis en las distintas publicaciones cuyo nombre empezaba por El Pensil: El Pensil Gaditano, El Pensil de Iberia, El nuevo Pensil de Iberia y El Pensil de Iberia y la Buena Nueva), María Romero, Rosario Rodríguez, Dolores Mora, Bárbara Domínguez, María Méndez, María Jiménez, Antonia Zamorano, Ana Núñez, Águeda Hernández,  Antonia Amado, Ana Figuerola, Antonia Gómez y Vicenta Díez.

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miércoles, 4 de octubre de 2017

Medicamentos "milagrosos" a mediados del XIX


Con este post, abro hoy un nuevo apartado o sección de curiosidades históricas, en relación con el ámbito temporal y temático en el que me muevo en este blog. 

Hace unos días repasando la prensa local gaditana de mediados del siglo XIX, me he percatado de la cantidad de información que aportan las últimas páginas. Los periódicos de la época solían tener cuatro páginas diarias, menos los lunes, que solo tenían dos. Pues bien, las dos últimas páginas, o la última en el caso de los lunes, se dedicaban información sobre transportes, noticias religiosas, el tiempo y anuncios en general.

Entre los productos que se anunciaban con asiduidad, estaban ciertos medicamentos, cuyas cualidades los habrían convertido en ocasiones en la panacea universal de ser cierto todo lo que se ponderaba de ellos. 

A continuación, como curiosidad,  incluyo algunos apuntes sobre lo que se afirmaba en estos anuncios de prensa sobre alguno de estos "medicamentos milagrosos".

El Aceite de Hogg, a base de  “de hígados frescos de bacalao”, era indicado para la “tisis, afecciones escrofulosas, tos crónica, reumatismos, flaqueza de los niños y debilidad general". ¿Quién lo hubiera dicho?: al parecer los vendedores del producto tenían ya la solución al problema de la tisis, nada menos. 



Luego estaba el “Verdadero Le Roy”, en líquido y en píldoras,  que curaba las “enfermedades ocasionadas por la alteración de los humores”. Sanaba “con toda seguridad sin producir jamás malas consecuencias”,  y ello con solo tomar el medicamento durante cinco días seguidos.



El producto llamado “Píldoras Dehaut”, era tan novedoso que contenía “principios no conocidos por los médicos antiguos” y cumplía “todas las condiciones del problema del medicamento depurativo”. Los médicos que empleaban este medio, según la publicidad,  no encontraban enfermos que se negaran “a purgarse so pretexto de mal gusto”. 



En 1869 se anunciaban “los verdaderos granos de salud del Doctor Franck”, píldoras que eran “las únicas autorizadas” según el anunciante y eran el “purgativo más eficaz y más saludable”. Por supuesto, cada caja llevaba una firma de un señor extranjero que le daba un sello de calidad y eficacia indiscutible: la de A. Rouviere. La fábrica, mira por dónde querido lector, era también extranjera, estaba ubicada en el “hotel Richelieu vis-à-vis  de la rue d´Antin” . Con tal nombre nadie podía dudar de la calidad y eficacia del producto.   



Para terminar este breve y divertido (espero) recorrido por aquellas medicinas, cuyos efectos beneficiosos (supuéstamente) ya habríamos querido disfrutar hoy en día, citaré  uno que me parece más peregrino aún: el Dentífrico de Dethan, que aportaba belleza, no solo a los dientes, sino también a las encías y labios, todo ello según el anunciante del producto.  Estaba dotado de “un perfume y un sabor esquisitos” y daban un olor agradable al aliento. Los labios adquirían “un color vivo y  hermoso y las encías salían fortalecidas. El producto, más que milagroso, impedía las caries y calmaban “instantáneamente los dolores” cosa que no es de extrañar si agrego que se anunciaba explícitamente que contenía opio.


Además del obligado establecimiento en París, cuya relación nunca faltaba en estos anuncios, el dentífrico se vendía en las farmacias de Jordán y Martínez, en la de Las Columnas y en la perfumería de Cortes y Arturo (C/ Ancha, 18).


martes, 7 de junio de 2016

Los republicanos de Cádiz y su actitud hacia los protestantes en 1869


Si la reacción de la autoridad eclesiástica gaditana hacia los protestantes durante el Sexenio Democrático español (1868-1874) fue coherente con el rechazo generalizado del Clero católico a la libertad de cultos, la de la autoridad municipal no siempre siguió la línea que se podía esperar, como parte integrante que era de la revolución.

Las corporaciones municipales de Cádiz se mostraron poco favorables a permitir las ventajas que se desprendían de la Constitución de 1869 para los no católicos, pudiéndose comprobar a veces que la proclamación de la libertad de cultos en la Constitución de 1869 obedecía más a una decisión política, necesaria, que a la existencia de un ambiente general de tolerancia religiosa. A pesar de que la Constitución garantizaba el derecho de todos a mostrar públicamente su fe, los protestantes siguieron teniendo algunas dificultades para poder hacerlo.
ARTÍCULO 21 DE LA CONSTITUCIÓN DE 1869
Esta actitud de rechazo hacia los evangélicos no solo se produjo en los progresistas y unionistas locales, que seguían los dictados políticos de un Gobierno, sino también, con otra intensidad, en los republicanos .
Como ejemplo, se puede traer aquí el relato de un acontecimiento ocurrido prácticamente al tiempo que se aprobaba la Constitución. El 5 de julio de 1869, recién aprobada dicha norma, el alcalde republicano de Cádiz, Rafael Guillén Estévez, recibió del gobernador eclesiástico una protesta por un enterramiento de un protestante, cuyo cadáver se había “mostrado públicamente” por el paseo de Extramuros. Según la Constitución recién aprobada, no debía haberse admitido la protesta, pues los protestantes ya no tenían necesidad de hacer los traslados de sus cadáveres de noche y a escondidas. Sin embargo, la respuesta del alcalde se mostró, a primera vista,   muy comprensiva con la Diócesis:

“Con pena he sabido este hecho, que le noticia el cura ecónomo de San José y para que no se repita este abuso, prevengo en el día de hoy al pedáneo de Extramuros prohíba el tránsito de cadáveres por el paseo, redoblando su vigilancia y la de mis delegados a quienes exigiré la responsabilidad si infringen las disposiciones que el Municipio tiene acordadas sobre el particular de que me ocupo”[1]. (La negrita es mía)

La conducción del cortejo fúnebre por el paseo de Extramuros, con toda probabilidad en dirección al cementerio inglés situado entre la Iglesia de San José y la Segunda Aguada, debía haberse considerado un hecho normal tras haberse decretado recientemente por la Constitución el derecho de cada cual a manifestar su religión públicamente. Pero esto no resultó ser así en la práctica.

IMAGEN ANTIGUA DEL PASEO DE EXTRAMUROS DE CÁDIZ
Resulta, aparentemente,  contradictoria la reacción del Ayuntamiento republicano, que iba a demostrar en otras ocasiones su intención de imponer en la ciudad un laicismo mucho más rotundo del que determinaba la Constitución. Conviene aclarar, con todo,  que el  Ayuntamiento de Guillén fue siempre muy tolerante a la hora de permitir manifestaciones religiosas católicas tradicionales, como la procesión del Corpus Christie o las de Semana Santa, aunque no participase en ellas. Y esto puede hacer pensar que, incluso entre los republicanos, o al menos entre los más templados, como lo era el alcalde  Rafael Guillén[2], había un rechazo, tal vez inconsciente,  hacia los protestantes.
Tal vez la clave está en la frase que he puesto en negrita. Nótese que la esta no se refiere a los cadáveres de los protestantes, sino a todos los cadáveres en general. De esta forma, parece muy probable que lo que el alcalde republicano Guillén hizo fue aprovechar la protesta del gobernador eclesiástico para prohibir que los desfiles funerarios pasasen por la calle principal que va hacia ambos cementerios, municipal y anglicano. De esta manera, lo que se había era restringir indirectamente el culto público en general, pues hacerlo directamente era ponerse explícitamente en contra de la norma constitucional.




[1] Archivo Histórico de la Diócesis de Cádiz, legajo 174, Oficio del alcalde al gobernador eclesiástico, 8 de julio de 1869.
[2] Guillén era católico. Al menos así se declaraba en julio de 1872 cuando, siendo concejal de un Ayuntamiento de mayoría radical y minoría republicana, se oponía a la celebración de un tedéum en la catedral de Cádiz, a raíz del atentado reciente contra el rey D. Amadeo, afirmando que todos los concejales eran católicos, aunque “el ente moral Ayuntamiento no debía profesar ninguna religión”. Archivo Municipal de Cádiz, Actas Capitulares, 23 de julio de 1872, núm. 8, punto 17.

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VÉASE TAMBIÉN MI ARTÍCULO:
http://e-spacio.uned.es/fez/eserv/bibliuned:ETFSerieV-2012-24-6065/Documento.pdf